Caía la tarde y Seth paseaba por un prado cercano al hotel. A la izquierda, a unos cincuenta metros ,transcurría el río al cobijo de los árboles. En la otra orilla, en el ángulo creado por el meandro, había un casa con una torrreta que acababa en un cono ,como el de los palacios. Estaba cubierta de enredaderas y a través de una de las ventanas se veía una biblioteca de madera ,apenas iluminada por una luz anaranjada, que dotaba a la habitación de una calidez hipnótica.
Por primera vez era consciente de que ese instante, esos minutos de paseo iban a ser una de esos momentos que uno echa de menos, lugares pasados a los que la mente huye cuando necesita descansar. Era una gran sensación, la hierba húmeda , el sol agonizante y él, solo, simplemente caminando, con esa promesa de calidez en forma de ventana, mientras el ruido silencioso de la naturaleza envolvía sus sentidos.
Es como ahogarse en el aire, es decir ,la sensación de que el aire es agua. Es asi a veces. Otras es como cuando llegas a una estación y ...., cuando parece que el tren prosigue su camino, se empieza a deslizar lentamente hacia el lado del que procedía... técnicamente hacia atrás.... me refiero........quiero decir......la clave esta en saber que............en tener claro que el tren va a llegar, que al final llega .Nos gustaría que fuera una linea recta o algo asi,¿ no ?, mas fácil. Simplemente tiene que hacerlo, el tren me refiero..... es su forma.... es la única forma a veces.... ......avanzar hacía atrás. No se si me entiende.....
En media hora ya estábamos en Éze. Salimos del andén hacia la carretera en busca de algún oriundo que nos indicara la subida. Vimos a un hombre sentado en la puerta de lo que parecía ser su casa. Era un tipo arrugado, de edad ideterminada, que tenía la piel tan negra como se lo había permitido su blanca raza. Le preguntamos por el acceso al pueblo y nos indicó una pequeña cuesta a la derecha, que en pocos metros se convertía en una empinada`pendiente hacia la izquierda, que a su vez, y al cabo de otros tanto metros, se tornaba en una largo, pedregoso, estrecho y serpenteante camino que nos llevaría a través de los árboles hasta la mismísima iglesia de Éze. Allí en el peor de los casos estaríamos a un minuto de la casa de la tal Gianna.Comenzamos la subida a sabiendas que la temperatura y el calzado no eran los más adecuados, pero la curiosidad nos llevaba a volandas, la incertidumbre allanaba cualquier pendiente, incluso esta, por la que ahora transitábamos.
A Seth le encantaba estar a las puertas de las cosas. Se puede decir que amaba el camino, el trayecto, mucho más que el destino. Aunque el destino fuese lo que hacía excitante el viaje, prefería este último sin lugar a dudas. Y no solo en cuestiones geográficas, sino en todo lo que atañe a la vida. Le encantaban los Viernes, la ropa interior femenina , las hojas en blanco, los buzones llenos, las mañanas, salir de casa, cocinar, tener sueño y cosas por el estilo. En ese momento caminaba por una de esas calles llenas árboles y sin apenas gente, que poco se parecían a aquellas otras llenas de gente y sin apenas árboles. Durante todo el camino a casa de Marionne se transitaba por el primer tipo de calles, lo que hizo pensar a Seth que esta podía ser una de las razones de su enamoramiento.
El puerto rebosaba de gente. Había mas carne humana que pescado. Las cajas de madera húmeda se apilaban unas encima de otras creando pequeños edificios y calles entre ellos. Olía como en una especie de horno gigante en el que se había cocinado pescado varias horas antes. El suelo color ceniza parecía reflejarse en el cielo. Todo tenía un filtro gris y borroso, o quizá eran mis ojos cansados los que provocaban aquella sensación tan amarga. Caminé hasta la orilla y asomé la cabeza a las aguas putrefactas del Blinbach ,en busca del barco del señor Cleerman. No había un signo de civilización o de orden en toda aquel paisaje. Las descuidadas embarcaciones, con el lomo lleno de heridas, flotaban como queriendo hundirse, en busca de una vida mejor, al fondo del mar, lejos de aquel cementerio de vivos.
La señora Kaulfner era la mejor anfitriona que se podía imaginar. Marionne estaba aterrorizda porque tenía la extraña impresión de que nos cebaba y nos cuidaba como a sus propios hijos, para luego devorarnos como seguramente habría hecho con sus vastágos. Era una teoría alucinada que duró apenas unas horas, antes de que llegará Martha,la primogénita de la señora Kaulfner. Mientras su madre preparaba la suculenta cena nos contó que estudiaba en la Universidad , que su madre era vegetariana y que era extraño tenernos allí. Dijo que hace tiempo que mama no hospedaba a nadie, ya que había empezado a desconfiar de la gente ,después de que una pareja Danesa le hubiera robado todas las zanahorias que tenía en la casa,lo que, teniendo en cuenta su tremenda adicción a los tubérculos, le había supuesto un gran trauma.
Muerte mas muerte igual a vida. No paraba de repetirlo. Era su lema desde aquella tarde de Febrero. Una tarde más en el hospital en el que agonizaba debido a un tumor cerebral. Llevaba casi un mes postrado en aquella cama, sin percibir apenas el mundo. Tenía una fiebre altísima, y según explico mas tarde, durante todo aquel tiempo creyó que dormía sobre una piragua que flotaba rio abajo. Según explico mas tarde todavía, el rio era concretamente el Mississipi y recordaba a unos tipos que tenían armónicas en vez de dientes. El caso es que aquella tarde, un grandullón irrumpió en su habitación con una pistola , le disparo a la cabeza y se marchó corriendo mientras mascullaba algo así como “!por la familia!”. Y ese disparó mortal no acabó sino impactando contra el pequeño pero mortífero tumor ,arrancándolo con una precisión desconocida y arrastrándolo consigo fuera del cuerpo del tío Gabriel. Esta, y una serie de precisiones quirúrgicas mas, hicieron que en apenas un mes , el tío se recuperará del todo y comenzará a decir un día si y otro también : Muerte mas muerte igual a vida.
El señor Cleerman tocaba la arena. Es decir , “tocaba” la arena. Era el instrumento que el tocaba. La arena. Parrot Cleerman llegaba temprano a la playa, cuando apenas había un par de viejas despistadas y algún joven sacudiéndose la arena de la ropa. Se arrodillaba cerca de la orilla y ponía cara de concentración. Al rato comenzaba el espectáculo. La gente que estaba de pie no se enteraba de nada. Los que estaban tumbados apenas percibían unas vibraciones. Pero ¡ay¡ de los que tenían el oído sobre la arena. Estaban condenados a escuchar aquellas melodías rasgadas que salían de la tierra. Eran adictivas, creaciones sublimes. Incluso hacia versiones de Mozart y Vivaldi. Luego cuando el sol comenzaba a estar demasiado alto, se marchaba, dejando tras de sí metros y metros de arena llenos de garabatos en forma de notas musicales. Tocaba la arena mientras dibujaba en la arena.